Jaca en fiestas, la fiesta de la poesía

Yolanda Muñoz recita uno de sus poemas en el Centro de Mayores Vitalia de Jaca
El Ateneo Jaqués llevó hoy un pedacito de las fiestas de Jaca al Centro de Mayores Vitalia de Jaca (Dr. Marañón,1) con un recital de poesía y música donde participaron Jorge Ayesa, Marcos Callau, Javier Castán, Yolanda Muñoz, Lucía Pons Escrich y la música de Ana Belén Sánchez. El recital comenzó a las 16,00 horas y se alargó hasta las 17,30 cuando tuvimos un especial rincón dedicado a la Jota. Y la fiesta ya había comenzado el día anterior, con un encuentro informal de algunos de los poetas del Ateneo Jaqués que improvisaron un recital acompañados a la guitarra, de nuevo, por Ana Belén. Leyeron sus poemas Ana Baquedano, Marcos Callau, Javier Castán y Ricardo Usón. A continuación podemos ver unos videos del recital.

Ana Baquedano:


Ricardo Usón: 

 Marcos Callau:
 
Javier Castán:
 
Para ver más videos del Ateneo Jaqués, aquí Y para terminar, como hicímos hoy en el Centro de Mayores Vitalia, recordaremos a la escritora Ana María Matute que nos dejó el pasado 25 de junio, con uno de sus relatos que nos recuerda que también la felicidad puede estar en las cosas pequeñas.
Ana María Matute
 Los objetos fieles

Existen objetos fieles. Me refiero a cosas menudas, cotidianas y humildes: un trocito de lápiz rojo, una llave que ya no abre nada, una moneda de antes de la guerra, qué sé yo, infinitas cosas que nos acompañan obstinadamente allí donde vayamos, que se resisten a abandonarnos, tozudas ante nuestra indiferencia primero, ante nuestra curiosidad después, ante nuestro cariño, al fin. Ya no hablo de los objetos que amamos tan tiernamente desde nuestra infancia - aquel muñeco de trapo que durmió con nosotros hasta una edad en que lo ocultamos cobardemente, como una vergüenza, y cuya desaparición nos duele tanto o más que la de un entrañable amigo-, sino de esos otros que un buen día irrumpen calladamente en nuestra vida y que acaban por pertenecernos de tal modo que no parece sino que formen parte de nuestro ser. Muchas veces he adivinado la presencia de otra persona, porque he visto algo de su pertenencia, un objeto fiel que nunca se separa de ella. Ver ese objeto sobre una mesa, en una esquina, en un sillón o entre las páginas de un libro, me ha traído la presencia de su dueño de un modo tan palpable como su voz, o sus pisadas, o su nombre.

Años y años me han acompañado, a veces, objetos inútiles e inapreciables, cuyo valor material era tan remoto como si nunca hubiera existido. En el complicado desbarajuste de mi billetero, han vivido pedacitos de papel con nombres y palabras que ya no significaban nada y que, sin embargo, tienen vida propia: un plano de una ciudad inventada, trazado en la sala de espera del dentista, un vale misterioso, con el que parece se haya podido comprar en algún tiempo un pedacito de felicidad... ¿Qué más da? Aquellos trozos de papel viajan conmigo, y en los lugares más absurdos, más ajenos, han surgido de pronto, junto a la polvera y el lápiz de labios. Los he mirado y me han mirado como viejos amigos: "Ah, conque estás ahí tú también... ¿eh?" Nos hemos acostumbrado a ellos, ya no sabemos meter la mano en el bolsillo de aquella chaqueta, o en el departamentom de aquel bolso, o en aquel cajón tan nuestro, -como la pequeña casa de nuestra memoria- sin tropezarnos con ellos. La llave que perdió su cerradura nos abre compartimentos cálidos, inexplicables, de los que nunca hablamos. El trocito de lápiz dibuja un tiempo limitado, pequeño, sólo para él y nosotros. La vieja moneda sin valor nos compra una porción de pasado o futuro, siempre misterioso.

Y de repente, un día, sin avisar, aquellos objetos que otro día despreciamos -que incluso estamos seguros que rompimos o que tiramos y que luego nos aparecieron de un modo mágico para seguirnos de forma sistemática e inevitable-, un día, digo, desaparecen para siempre. De un modo rápido, brutal, sin ambages: como de un portazo. Y sentimos una amargura pequeña, como fue su amistad. Una amistad y una amargura que, diríase, caben en el corazón de una avellana. Pero esa amrgura persiste durante el día entero, recordándonos que, acaso, vivir es perder cosas.

© Ana María Matute. La puerta de la luna. Cuentos completos (Ed. Destino 2010)

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2 comentarios

  1. Muchas gracias por hacer accesibles, con vuestro blog, estos grandes momentos.

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  2. Gracias a ti por los comentarios Trimbolera!

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